jueves, 24 de diciembre de 2015

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Durante esta última semana del año, además de comprar regalos y atiborrarnos de turrón, toca hacer balance de los últimos doce meses. No sé vosotros, pero yo intento por todos los medios eludir esta tarea, porque sólo me sirve para darme cuenta de que, al final, aquella lista de propósitos que escribí allá por el mes enero, fue relegada al olvido a los pocos días.  Hoy, un año después, vuelvo a rescatarla para reprocharme a mí misma que no me apunté ni al gimnasio ni a las clases de alemán.  Pero yo me niego a tirar la toalla, porque puede que algún día los astros se alineen y yo cumpla con alguno de los propósitos de año nuevo. A pesar de ser española y tener arraigada la idea de dejar para mañana eso que puedo hacer hoy, yo no pierdo la esperanza, así que ahí va mi lista de propósitos.


Escribir una lista de propósitos: al menos así me aseguro de que por lo menos cumplo uno. Aquí está la prueba, y vosotros de testigo. Ahora en serio, para mí escribir los propósitos es todo un propósito en sí. Ha habido años que, aun queriendo hacerlo, no lo he hecho. El tiempo pasa muy deprisa, vas dejando las cosas para mañana y cuando te quieres dar cuenta ha llegado el mes de mayo y tu intención de escribir los propósitos de año nuevo pierde su sentido, si es que alguna vez lo tuvo. Acabo de haceros un favor enorme al desvelaros esto. ¿Por qué sentiros mal por no haber cumplido ni un solo propósito este 2015 cuando tenéis aquí una auténtica aberración humana que ni si quiera fue capaz de poner los suyos en un papel? De nada.

Tomar sólo una copa en la cena de empresa: hay propósitos que repito un año tras otro y que podríamos denominar como los clásicos, como por ejemplo, no picar entre horas. Éste sin embargo es toda una novedad, ya que se me ocurrió hace sólo cinco días, justo la mañana siguiente a mi cena de empresa. Está claro que en este tipo de eventos no puede ocurrir nada bueno. Aquello empieza con unos entrantes, de manera inofensiva, mientras conversáis de cine (‘Ocho apellidos catalanes’ monopolizó mi cena y sé que la vuestra también), teatro, restaurantes… lo normal. Poco a poco la cosa se va animando, y cuando llega ese trágico momento en el que abandonáis el restaurante para ir a una discoteca, la cosa se sale de madre. 


Ya sabéis, la historia de siempre, momento exaltación de la amistad, conversaciones incoherentes y un largo etcétera. De pronto comienzan a salir a la luz secretos, y tu jefe acaba enterándose de que no contasteis con él para comprarle el regalo de despedida a esa compañera que se fue de la empresa en octubre, porque algún bocazas se va de la lengua. Sí, a veces esa bocazas soy yo. No entiendo como teniendo la boca tan ocupada en injerir una copa tras otra me las ingenié para hablar tanto.  Habilidades ocultas que tiene una y que un día, de pronto, salen a la luz. Y hablando de cosas que salen a la luz, precisamente es en una cena de empresa donde la gente descubre que te gusta La Gozadera -entendedlo, es La danza Kuduro del  2015. Esperamos impacientes cuál será la del 2016-, después de emocionarte las cuatro veces que la pusieron (¡cuatro!).  Y claro, después de eso, es imposible que la gente vuelva a mirarte de la misma manera. 


“Y se formó la gozadera
Miami me lo confirmó
Y el arroz con habichuelas
Puerto Rico me lo regaló”

Y ahora, con la mano en el corazón, decidme ¿quién ha sido capaz de no sucumbir a este arte natural de construir versos?

Y luego está ese baile. Mira que lo he intentado, pero no lo consigo. Soy incapaz de hacer esos movimientos circulares con las manos y con el cuello a la vez, me resulta imposible coordinar ambos. Es como decir si con la cabeza y no con la boca. Una auténtica proeza.

Pero no nos desviemos del tema, que si no recuerdo mal el asunto que nos ocupaba era la cena de empresa. ¡Ay, qué inocentes somos esa noche de viernes pensando que el lunes queda muy lejos! Pero el lunes llega en un abrir y cerrar de ojos, y con él, ese momento en el que tienes que volver a la oficina y sentarte frente a tu ordenador para adoptar ese rol de persona seria que nunca jamás en la vida ha bailado La Gozadera.

No me gusta dar consejos, pero si aún estáis a tiempo de evitarlo, huye tú que puedes. La combinación La Gozadera + Copas + Jefe no sale bien. Es una contradicción en sí misma. Hacedme caso, tomaros una copa e iros a casa. O bueno, iros de copas con vuestros amigos, que con ellos no tenéis que guardar las formas y esos al fin y al cabo, contigo ya están curados de espanto.

Leer clásicos: un año después repito propósito. Tengo tantos títulos en mente que no sé por dónde empezar: ‘Los miserables’, ‘Anna Karenina’, ‘El gran Gatsby’, ‘Lolita’… Aquí no tengo la batalla perdida del todo, ya que 2015 para mí será, entre otras cosas, el año que leí ‘Orgullo y prejuicio’. Aunque a mi favor diré que la culpable ha sido Camilla Lackberg y su serie Fjällbacka, que me ha atrapado y no he podido parar hasta leerme los, de momento, nueve libros que componen la saga. No puedo estar a todo.

Ir al teatro sola: ¡qué trabajo me cuesta encontrar a gente de mi edad a la que le guste el teatro! Al final tengo que arrastrar a mi pobre madre para que me acompañe, a quien tampoco le gusta el teatro, pero al fin y al cabo ella es la única persona del mundo programada genéticamente para hacer cosas por mí. El caso es que cuando finaliza la obra en cuestión, y estamos saliendo del teatro, yo suelo decir, sin contener mi euforia: “¡Me ha encantado! ¡Qué divertida! ¡Cuánto me he reído! ¡Qué bien actúa este hombre! ¿A ti te ha gustado?” Y es entonces cuando de su boca sale una especie de sí que parece el quejido de un gato moribundo. Y yo, que siempre he sido muy perspicaz y sé leer entre líneas, deduzco que en realidad no le ha gustado nada y que habría preferido pasar la tarde en el dentista sacándose la muela del juicio. Y es entonces cuando mi conciencia decide hacerme sentir mal e intenta convencerme para que la próxima vez vaya sola.


Oye, que a mí me encanta pasar tiempo sola y como dice Álex Rovira “pocas cosas dan más de sí que la soledad bien aprovechada”, pero creo que ir al cine o al teatro solo es tarea de valientes. Me veo llegando al teatro y pidiendo una (¡una!) entrada en la taquilla, mientras empiezo a maquinar “¿Qué estará pensando este hombre de mí? A ver si va a llamar a Servicios  Sociales, se van a presentar aquí y me van a hacer una inspección de… no sé, el tipo de inspección que le hacen a las personas que no tienen amigos”

Y una vez superada esa primera barrera, estaré allí, sentada en mi butaca, toqueteando el móvil, fingiendo que, al estar enfrascada en una interesante conversación de WhatsApp con mis amigos, esos que no han podido venir conmigo al teatro, no me doy cuenta de que todo el mundo me mira y murmura. Y es entonces cuando alguien me pone una mascarilla de esas que llevan algunos japoneses en el metro de Madrid (yo también lo haría, que a saber lo que  se puede pillar en uno de esos vagones). “¡No se acerquen! ¡Lo que tiene puede ser contagioso!”- gritarán asustados. De pronto, al considerarme un espécimen digno de estudio, me inmovilizarán para hacerme un análisis de sangre, y tras un pequeño forcejeo, finalmente varios enfermeros  me encerrarán en una jaula para transportarme a una clínica en la que pasaré algunas semanas durante las cuales un equipo de psicólogos examinarán mi conducta.

Pero no nos alarmemos, esto no tiene por qué ocurrir, sólo en el peor de los casos. Otra posibilidad es que acuda al teatro sola, la gente apenas repare en mí, disfrute de la obra y vuelva a mi casa sana y salva.

Hacer ejercicio: sé que éste es un propósito de manual, y por eso, había que incluirlo. Hacer una lista de propósitos sin él sería tan desconcertante como una Semana Santa sin lluvia. El deporte y yo nunca nos hemos llevado bien. En el instituto yo era de las que suspendía Educación Física, y el día que me tocaba esta asignatura, al levantarme por la mañana sudaba con solo pensar que me tenía que poner un chándal. Querido chándal, puede que poseas el honor de ser la prenda más fea de la historia, por delante incluso de la riñonera y las blusas con hombreras.

A pesar de ser de natural patoso, ha habido otros momentos en mi vida en los que me propuse hacer ejercicio y en los que incluso lo intenté.

Corría el verano 2007 y mi hermano y yo decidimos apuntarnos al gimnasio, pero cometimos un pequeño error de cálculo: en los bajos de dicho gimnasio había un Mc Donalds ¿A qué clase de mente perturbada se le ocurrió semejante invento? Diseñamos entonces una rutina que cumplíamos a rajatabla: todas las mañanas íbamos al gimnasio y después, al salir, nos tomábamos un Mc Flurry. Ahora lo pienso y es como si cada vez que fueras a la peluquería, al llegar a casa te mojaras la cabeza, pero a nosotros en ese momento nos parecía de lo más normal. Sí, sí, lo habéis adivinado, aquello no duró ni un mes. El precio del Mc Flurry no hay bolsillo que lo aguante. 

Pero aquí no terminó la historia. Cuando nos cansamos de ir al gimnasio, delante de mi madre fingíamos que seguíamos yendo, ya que era ella quien nos lo pagaba (como decía un personaje de ‘Aquí no hay quien viva’, éramos estudiantes, gente humilde). Así que cada mañana salíamos de casa fingiendo que íbamos a hacer deporte y en realidad nos íbamos a desayunar a Rodilla. Lo peor es que al llegar a casa echábamos una camiseta limpia a lavar, como si la hubiéramos sudado en la cinta de correr. Mi madre tenía que creérselo y para ello había que cuidar todos los detalles y no dejar un solo cabo suelto. ¿Qué por qué no dejamos directamente de pagar el gimnasio? Pues eso me pregunto yo, pero imagino que algo tendría que ver con el hecho de que nos costó convencer a mi madre para que nos pagara el gimnasio diciéndole que era supernecesario y que íbamos a ser muy constantes, y al final ella tenía razón y a los dos días nos cansamos. Pero no podíamos reconocerlo, aquello era una cuestión de orgullo. Tampoco dejamos que esa pantomima durara demasiado, nuestra maldad tiene límites.

Un par de años después, en el verano 2009, aprovechando que las clases de la universidad habían terminado, durante dos semanas de julio – tres a lo sumo-  madrugué cada mañana para salir a correr (cómo se nota que estábamos en el 2009, ahora decimos hacer running).  Con una gran voluntad salía yo con mis mallas y las zapatillas más baratas que encontré en Decathlon - me niego a gastar mi dinero en ropa deportiva, hasta ahí podíamos llegar -, me ponía mis cascos, le daba al play, y las canciones de Michael Jackson empezaban a sonar para darme el ánimo que tanto necesitaba (recuerdo que este pedazo de genio acababa de morir y todos rescatamos su música en aquel momento). Corría durante un tramo y cuando empezaba a hiperventilar, bajaba el ritmo y comenzaba a andar deprisa. Aquí lo que me hirió más profundamente fue que señores de la edad de mi padre me adelantaban y me decían “¡Vamos hombre! ¡Con más ritmo!” Tocada y hundida. Desde entonces no he vuelto a ser la misma.


Como me niego a seguir haciendo el ridículo en público, he decidido hacer deporte en casa. Ya he escrito mi carta a los Reyes Magos y les he pedido una bici estática. He depositado todas mis esperanzas en ellos, así que si no me la traen, ellos y sólo ellos serán los culpables de que este verano tenga que mantener mis piernas escondidas bajo faldas largas o pantalones palazzo.

Viajar: Y después de haber dejado mi reputación por los suelos, por fin ha llegado el momento de regodearme un poco, y es que puede que viajar haya sido el único propósito que he cumplido este año. Ya barajo algunos destinos para 2016, como Venecia, Marsella, Dublín y cualquier otro destino al que Ryanair vuele desde Madrid. Por cierto, desde aquí le pido a esta compañía que por favor renueve un poco el catálogo para evitar que acabemos cayendo en bucle.


Hacer yoga, retomar las clases de inglés, alimentarme de una manera más sana, aprender a hacer punto, actualizar el blog más a menudo… esta lista podría ser interminable y estoy cayendo en la cuenta de que para llevarla a cabo no sólo voy a necesitar mucha fuerza de voluntad, sino también reducir mis horas de sueño a tres diarias.

Y es ahora cuando veo claramente que esto no es factible y que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de cada una de las cosas que hagamos durante ese año que aún está por venir. No quiero acumular tics verdes en mi lista a costa de un ataque de ansiedad. Al final lo importante no es hacer más cosas, sino hacerlas bien.

En primero de bachillerato, al menos en mi época, ‘Don Quijote de la Mancha’ era lectura obligatoria. Sin embargo, yo no tuve que leerlo porque mi profesor decía que era un libro para leer por gusto y no por obligación. Muchas veces me acuerdo de la moraleja que me enseñó aquello, y es que hay que hacer las cosas cuando a uno le apetece hacerlas, y sólo así pueden disfrutarse, de lo contrario se convierten en una tortura. En ningún sitio está escrito que en 2016 yo tenga que leerme ‘Los miserables’, viajar a Marsella y aprender a hacer punto. Quizá lo haga en 2016, o quizá en 2022 o quizá nunca, lo que tengo claro es que el día que lo haga será por gusto y no por obligación.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.