domingo, 13 de septiembre de 2015

FINALES

Odio los finales. Bueno, en realidad, sólo odio algunos finales, porque a veces hay cosas que piden un final a gritos, como un viaje en autobús de Madrid a Barcelona, la saga de Crepúsculo, un domingo de resaca  o Anatomía de Grey (señores guionistas por favor, terminen ya con eso). Pero las cosas bonitas, las cosas bien hechas, esas a las que cuesta decir adiós, no deberían terminarse nunca. 

Hoy, cuatro meses más tarde que el resto de los mortales (dejadme, yo llevo mi propio ritmo), he visto el último capítulo de Mad Men. Y aquí estoy, suspirando cada dos minutos mientras me pregunto  con qué voy a llenar yo ahora mi vida y cómo voy a ser capaz de superar esta pérdida. Se inicia para mí un auténtico proceso de duelo.


Recuerdo que un primo mío, cuando era pequeño y estaba viendo algunos dibujos en la tele, cada día al terminar el capítulo decía: “¿Por qué termina si estoy viéndolo yo?” Pues en momentos así, una parte de mí vuelve a ser una niña, se cruza de brazos, patalea y grita: “¡Ey! ¡Me encanta Mad Men! ¿Cómo habéis sido capaces de acabar con ella?”.

Decirle adiós a Mad Men, significa decirle adiós a Don Draper, ese hombre al que he amado y odiado a partes iguales. Si me cruzara con él por la calle no sabría si abrazarle o darle una bofetada. Creo que hasta me enfadé cuando descubrí que le ponía los cuernos a Megan con la vecina (en serio ¿cómo pudo hacerle eso?), con pillada de la hija incluida. Mentiroso compulsivo con un pasado oscuro y problemas con el alcohol… en fin, lo tenía todo. Y sólo él podía ser adorable reuniendo todas estas cualidades. Y es que, a pesar de todo, resultaba realmente encantador.


También toca despedirse de Peggy Olson, cuya evolución a lo largo de las siete temporadas me ha parecido brutal. Como espectadora y lectora empedernida que soy, sé que a los personajes con los que uno se siente identificado, se les coge especial cariño. Es inevitable. Pues justo eso es lo que me ha pasado a mí con ella. A ratos me veía reflejada en algunos rasgos de su personalidad y quizá por eso la convertí en mi favorita. No era la más guapa, ni la más delgada, ni la más estilosa, pero era Peggy.


Mención aparte merece ese maravilloso vestuario, el cual constituía uno de los atractivos de la serie y caracterizó a ésta desde sus comienzos. Atrás quedarán esos vestidos lady de Betty, los impecables trajes de Don o los looks poperos de Megan.



Me da pena decir adiós a todo esto y, como buena nostálgica que soy, no puedo deshacerme de la morriña, ese sentimiento que va unido a los finales de las cosas buenas. Como cuando descargas las maletas en la puerta de casa después de esas vacaciones familiares en Ribadesella, con perro incluido. O cuando termina el verano y el otoño llama a tu puerta esa noche en la que tienes que sacar una manta del armario de manera improvisada. O cuando esperas la salida de tu avión mientras ese fin de semana en Mallorca con amigas a las que hacía tiempo no veías toca a su fin. O cuando haces balance el día 31 de diciembre de un año memorable. En momentos así, se junta la alegría que provoca lo bueno que has vivido, con la pena de saber que ya es pasado, y piensas que lo que venga después sólo puede ser peor. Exacto. Habrá más series después de Mad Men, pero sólo pueden ser peores.