miércoles, 27 de mayo de 2015

GUILTY PLEASURES

Hace algunos meses leí en 'Manual de un buen vividor' un post sobre los guilty pleasures, esos placeres ocultos que todos tenemos y que guardamos bajo siete llaves por miedo a dejar de ser considerados personas sin trastornos mentales.  Me encantó toparme con algo así y darme cuenta de que no soy la única persona, tal y como yo creía, a la que 'La mayonesa' le parece un temazo (y así, sin avisar, ya os he soltado mi primer guilty pleasure). Y es que quién no ha tenido un hobbie tan absurdo que jamás confesaría ni a punta de pistola y descubrir después uno de esos grupos de Facebook  llamados 'Yo también…' con miles de seguidores que comparten contigo esa ridícula afición que guardas en secreto.


Me apetece divertirme un rato riéndome de mí misma, así que aprovechando que aquí nadie me pone cara y que me escondo tras el nombre ‘Siempre nos quedarán los jeans’, y por tanto podré conservar mi domicilio y no verme obligada a mudarme de país debido a esta especie de confesión, ahí va una lista con mis placeres ocultos.

Cuando son las cuatro de la mañana de un sábado, estoy en una discoteca, las fuerzas empiezan a flaquear y  comienzo a pensar en lo suave que es mi almohada, me pones 'La danza Kuduro' y me arreglas la noche. Una vez, en una discoteca de Bath, en el momento en el que el ánimo ya empezaba a decaer, sonaron las primeras notas de esta obra maestra, y por ende mi dolor de pies desapareció al mismo tiempo que yo recuperaba mis ganas de vivir. Mientras estaba allí dándolo todo, pensaba en lo raro que era que una canción así sonara en una discoteca inglesa. Más tarde me enteré que había sido una amiga mía quién le había pedido al dj la canción, después de que yo dijera, así de pasada, unas cinco o seis veces “Pues ponían poner La danza Kuduro”. Los ingleses debían de flipar, porque mucho The Beatles y Rod Stewart, pero ya era hora de que conocieran lo que es música de la buena. Como veis, mi fiebre por 'La danza Kuduro' no sólo se limita al territorio nacional, sino que traspasa fronteras.

Aquí os dejo el vídeo de la canción en cuestión. Poesía para vuestros oídos. No hace falta que me deis las gracias, yo soy de hacer el bien por la gente de manera desinteresada.


Por Dios. Después de ver esto acabo de darme cuenta de que si la canción por si sola es todo un sacrilegio, acompañada del vídeo ya es una auténtica aberración.

En fin, qué puedo decir. Si después de esto todavía piensas que sigo siendo una persona digna de ser saludada por la calle, prosigamos pues arruinando mi reputación, porque aquí hemos venido a jugar.

Ahora voy a cerrar los ojos con fuerza y a decir lo más rápidamente posible que… meencantadormirconcalcetines. Ya está. Ya lo he dicho, y tampoco ha sido para tanto. Sé que la gente se echa las manos a la cabeza escandalizada cuando digo esto (cosa que no me explico), pero no puedo evitarlo, si entre los meses de octubre y abril no duermo con calcetines, ya puedo echarme mantas encima, que no entro en calor.


Leí el libro que Jorge Javier Vázquez escribió sobre él mismo, ‘La vida iba en serio’, y lo peor de todo es que me gustó. Cuando este tema sale en alguna conversación, yo siempre suelto una excusa muy buena que me he aprendido para limpiar un poco mi imagen, y es que, me encantan las historias de la gente a la que no le gusta su vida, y tiene el valor de cambiarla. En serio, leed el libro, tampoco está tan mal, te recuerda que sólo tú eres dueño de tu destino, y además descubres algún que otro detalle escabrosillo sobre el autor. Porque cotillear, en su justa medida, las vidas ajenas, es un guilty pleasure de manual.


En invierno, algunas veces, utilizo pijamas de franela con dibujitos. Aquí la excusa viene en forma de pregunta ¿Por qué lo más feo y ridículo es, casi siempre, lo más cómodo y calentito? No tengo nada más que añadir, Señoría.

Todas llevamos una Bridget Jones dentro

Colecciono imanes de nevera. Para mí éstos son sinónimo de hogar. Una casa sin imanes de nevera, es una casa fría e impersonal. Lo siento, pero no lo puedo evitar, a mí una nevera desnuda es algo que me sobrecoge el alma. Además, mis imanes no son unos imanes corrientes, sino que cada uno pertenece a una ciudad que he visitado. Así que, cada vez que me voy de vacaciones, entre mi planning siempre incluyo pasar una tarde de compras por la ciudad de turno buscando el imán ideal. Podéis reíros si queréis, pero no sabéis lo orgullosa que estoy yo de mi nevera tuneada.


Cuando veo en alguna película un actor que me gusta, y que hasta ese momento desconocía, inicio entonces una investigación a través de internet propia de la CIA para enterarme de todo lo relacionado con el sujeto en cuestión. Y cuando digo todo, quiero decir todo: ¿Cuántos años tiene? ¿De dónde es? ¿Tiene novia? ¿En qué otras pelis ha trabajado? ¿Cómo le gusta tomar el café? ¿Es más de playa o montaña? ¿Es alérgico a algún medicamento? ¿La última declaración de la renta le salió a pagar o a devolver? Cotilleo puro y duro lo llaman algunos, pero a mí me gusta decir que simplemente me preocupo por estar bien informada. No veo nada de esquizofrénico en ello. A veces se me olvida, pero soy licenciada en periodismo, y quieras que no, lo llevo en la sangre.


Odio hacer deporte, pero hace ya bastantes años descubrí una manera de ponerme en forma (todo lo en forma que yo puedo estar, claro) con la que no sufro y me divierto: bailar Batuka. El ritual siempre es el mismo: quitarle el polvo a aquel DVD de “Aprende a bailar Batuka” que compré allá por el año 2006 y que suele estar enterrado bajo las cintas VHS que regalaba Telepizza en los noventa o detrás de los vídeos de las comuniones de mis primos, convertir el salón en una especie de pista de baile retirando la mesa por un lado y el sofá por el otro, e imitar los movimientos de esos señores que aparecen en la tele vestidos con los colores corporativos de la Batuka, que como todo el mundo sabe son el amarillo y el negro. Habrá métodos más efectivos y modernos y también menos irrisorios, pero yo soy una persona tradicional y fiel, y si a mí la Batuka me funciona, pues con ella hasta la muerte.


Pasamos ahora al terreno culinario. Todos hemos sufrido alguna vez esas interminables tardes en las que no tienes nada que hacer y al final acabas haciendo algo superalocado y salvaje como ver 'Sálvame' o 'El Diario de Patricia' mientras saqueas la nevera, decorada con imanes preferiblemente.

Aclaración: Sí, ya sé el Diario de Patricia fue cancelado hace tiempo -una de las pocas cosas sensatas que se han hecho en este país en los últimos años, pero que por otro lado supuso una gran pérdida, porque a ver de dónde sacamos nosotros ahora personajes tan insólitos, que ayudan a animar cualquier reunión de amigos, como aquella muchacha que le dijo a su novio que se había quedado embarazada al ponerse una inyección- pero echémosle un poco de imaginación y retrotraigámonos al año 2008.

Cuando me encuentro en esa situación no tengo filtro alguno, gastronómicamente hablando. Las mezclas son mi especialidad, y tan pronto me como unas galletas de coco seguidas de pepinillos en vinagre como me hincho a caramelos  después de haber dejado tiritando una bolsa de cacahuetes. Siempre me he sentido atraída por la cocina creativa y me gusta poner a prueba mi estómago. Además, una persona que tiene en su posesión el DVD 'Aprende a bailar Batuka', no se deja intimidar  por esos kilos de más que supone comer semejantes guarradas. Como veis, lo tengo todo controlado.


Siempre he sido consciente de que mis gustos en cuestión de cine dejan bastante que desear. A día de hoy sigo viendo las películas que me acompañaron durante la adolescencia como ‘Una rubia muy legal’ o ‘La cosa más dulce’, y no me pierdo una sola comedia romántica. Además, tampoco pasa nada si tengo que tragarme algún telefilm de esos que ponen en Antena 3 los sábados por la tarde. Me parecen superentretenidos y el que diga lo contrario miente porque ¿quién puede resistirse a una película en la que una mujer asesina a su vecina para quitarle el marido del cual se ha encaprichado mientras a su hija le hacen bullying en el colegio al mismo tiempo que su exmarido tiene problemas con las drogas y el alcohol?


He dejado para el final el que quizás, sea el placer oculto más común de todos, porque es difícil encontrar a alguien que no cante en la ducha. Con el sonido del agua corriendo y los oídos taponados de jabón, tu voz suena hasta bien. Es más, en ese justo momento acabas preguntándote por qué, con ese chorro de voz que Dios te ha dado,  desperdiciaste cinco años en la universidad y dónde narices estabas tú cuando se celebraban los casting de Operación Triunfo.

¿Os acordáis de aquel personaje de ‘A Roma con amor’ que en el mismo escenario del teatro cantaba ópera bajo  la ducha porque fuera de ella se sentía inseguro? Sólo Woody Allen podía ser el creador de una historia tan disparatada.


Creo que ya he llegado al límite de humillación que el ser humano puede soportar, así que ya está bien.  Hasta aquí mi lista de placeres ocultos.

¿Me contáis cuáles son los vuestros? ¿Coincidimos en alguno?


lunes, 25 de mayo de 2015

UN PASEO POR LISBOA

Tenía dieciocho años cuando conocí París. Todavía recuerdo la euforia con la que regresé de aquel viaje y esa sensación de haber visitado la ciudad más encantadora del mundo. Nada podía superar aquello. Perderte por sus calles y descubrir barrios como Montmartre o Montparnasse, observar sus incontables edificios abuhardillados, disfrutar de un buen café mientras suena La vie en rose de fondo o pasear a orillas del Sena con la torre Eiffel como testigo. 

Y de pronto, un fotograma de ‘Al final de la escapada’, con Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, recorre tu mente, y sientes cómo los pelos se te ponen de punta con sólo imaginar que décadas atrás aquellas avenidas fueron transitadas por auténticos genios, entre ellos Fitzgerald, Picasso, Henry Miller y hasta el mismísimo Hemingway. Y fantaseas con la idea de colarte en alguna de aquellas tertulias celebradas en el París de los años veinte en las que, con copa y puro en mano, hablaban de lo humano y lo divino. Y un suspiro se te escapa al darte cuenta de que no eres el protagonista de una película de Woody Allen.


Así, reservé para la capital francesa un sitio de honor en mi corazón. París me conquistó y yo le juré amor eterno.


“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.”

París era una fiesta – Ernest Hemingway


Pero yo era joven e inexperta. Los años han pasado, y aunque todavía recuerdo con cariño a aquel novio del instituto, un día, sin más, conocí a otra persona que me pareció mucho más fascinante y me aportaba cosas nuevas, hasta entonces desconocidas para mí. París, lo siento mucho, pero lo nuestro no puede ser. Estaré encantada de volver de vez en cuando a tomarme un café contigo mientras recordamos viejos tiempos, pero mi corazón ya no te pertenece. Ahora bebe los vientos por Lisboa, esa ciudad que, como dice el fado, huele a flores y a mar.

Julio de 2014. El verano ya había sido inaugurado hacía varias semanas y yo todavía no tenía mucha idea de cuál sería el sitio elegido para pasar unos días de vacaciones. Barajando destinos, recordé lo mucho que me llamaron la atención los planos de Lisboa mostrados en ‘El tiempo entre costuras’, esa serie a la que media España estuvo enganchada meses atrás. Tiempo no tenía demasiado, así que tampoco le di muchas vueltas a la idea. En poco más de media hora había comprado los billetes de avión y tenía reservada una habitación de hotel en pleno Barrio Alto. Pues a Lisboa que nos vamos.

Nada más poner un pie en ese suelo adoquinado algo resbaladizo que tanto caracteriza sus calles, lo que más llamó mi atención fue el aire decadente casi mágico que desprende la ciudad. Sin duda, éste es un buen lugar para los amantes de lo vintage, y es que viajar a Lisboa es como viajar en el tiempo. Sus edificios antiguos, sus calles estrechas y empinadas y esos funiculares y tranvías que las recorren mientras son inmortalizados por cientos de turistas con sus cámaras de fotos, logran que olvides por un momento la arquitectura moderna, plagada de espectaculares rascacielos y autopistas infinitas.


Allí, vayas donde vayas, tus pasos siempre irán acompañados de banda sonora, porque son muchos los músicos que despliegan todo su arte en plena calle, acentuando ese característico ambiente bohemio que allí se respira. Y es justamente esto lo mejor de Lisboa, aquello que no puede sacarse en una foto. Su olor, su ambiente, su melodía y la sensación que esa mezcla te produce mientras estás allí, como si fueras un lisboeta más. Porque ese es otro de los atractivos con los que cuenta la capital portuguesa: es una ciudad familiar, acogedora y pequeña, y sin embargo, ideal para perderse.

Así que perdámonos un poco.

Uno de los emblemas de la ciudad, como ocurre en muchas otras, es su catedral, de estilo románico y comúnmente conocida como la Sé de Lisboa. Se encuentra en el barrio de Alfama, callejeando por el cual descubrirás el Castillo de San Jorge, situado en una colina coronando la ciudad y ofreciendo una de las mejores vistas de la misma.


La Baixa Pombalina es el barrio más céntrico y en él se encuentra el elevador de Santa Justa construido en 1902 y que une la Baixa con Chiado. Si decides vencer tu vértigo y subir sus 45 metros de altura, desde arriba obtendrás una buena panorámica de Lisboa, y podrás divisar plazas cercanas, como la de Restauradores o la de Rossio.


Una vez abajo y pisando tierra firme de nuevo, puedes continuar tu itinerario atravesando la Rua Augusta, la calle comercial por excelencia, para desembocar en la plaza de Comercio, la cual termina uniéndose con el Tajo.


A cinco kilómetros del centro histórico, en la desembocadura del río, se encuentra el barrio de Santa María de Belém, con su torre como emblema. Muy cerca de ésta encontramos el Monasterio de los Jerónimos y el Monumento de los Descubrimientos.


El puente 25 de abril, llamado así en honor a la Revolución de los Claveles de 1974, fue construido en los años 60 y contrasta con ese toque añejo que caracteriza al resto de la ciudad. Es el puente colgante más largo de Europa, y sus mejores vistas se obtienen desde el Cristo Rei, situado en Almada e inspirado en el de Río de Janeiro.


Y después de un intenso día de turismo, el mejor plan para la última hora de la tarde es pasear por Chiado, el barrio más bohemio y alternativo, con parada obligada en el Café a Brasileira, inaugurado en 1905. Éste fue punto de encuentro de los poetas de la época, con Fernando Pessoa entre ellos.

Éstos son sólo algunos lugares de referencia, porque Lisboa es mucho más. Lo mejor es conocer sus rincones sin un mapa en la mano. Piérdete y descubre la ciudad a tu ritmo, y te aseguro que cuando lo hagas te preguntarás: “Lisboa ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocerte?”.


¿Habéis visitado la ciudad? ¿Cuál otra os ha enamorado tanto como a mí Lisboa?