martes, 7 de abril de 2015

VÍSTETE, QUE NOS VAMOS DE BODA

Últimamente la idea de asistir a una boda me da una pereza terrible. Hubo una época en la que me gustaba, pero qué quieres que te diga, hoy por hoy recibir una invitación de boda me hace la misma ilusión que tragarme la gala de Eurovisión o pasar unas vacaciones en Afganistán. El origen de esta desazón hacia dichos eventos se encuentra en un suceso de lo más traumático que  me tocó vivir hace ya algunos años.


Un mes de abril como cualquier otro, un amigo (sí, por qué no, llamémosle amigo) me pidió que le acompañara a la boda de un compañero de trabajo, la cual iba a celebrarse en un par de semanas. No sé si fue porque el día anterior había visto por decimotercera vez ‘500 días juntos’ y me pilló con la guardia baja o si la causa fue que, simplemente, no sé decir que no,  el caso es que acepté. Después de convencerme a mí misma de que ir a la boda de unos extraños con una persona a la que tampoco conocía mucho más, era de lo más normal, algo parecido a una hecatombe se desató cuando reparé en que no tenía nada que ponerme. Bueno, seamos claros, en realidad no tenía nada que me apeteciera ponerme. El tiempo corría en mi contra y ocurrió lo que viene siendo natural en estos casos: siempre encuentras el vestido perfecto cuando no hay boda a la vista, pero cuando de verdad lo necesitas, todos los escaparates parecen conspirar contra ti ofreciéndote esos aspirantes de vestidos que nunca se convertirán en EL VESTIDO.


Pero como a grandes males, grandes remedios y Dios aprieta pero no ahoga, recordé mi época de prácticas como redactora en la sección de bodas en una página web. En aquella época yo daba consejos e ideas a chicas que se encontraban en la misma situación que ahora estaba viviendo yo. “Piensa ¿Qué les dirías a todas ellas?”  No sé si mi cerebro estaba falto de potasio en ese momento, pero de pronto la palabra ‘ARRIESGAR’ se encendió dentro de mi cabeza con unas luces de neón intermitentes. A partir de ahí me vine arriba y ya no hubo marcha atrás.

“¿Por qué siempre tenemos que ir vestidas igual a las bodas? Es hora de dar un golpe en la mesa. De arriesgar. De atreverse. De experimentar. De salirse de lo convencional.”- me dije a mí misma.

Mi cabeza era un hervidero. Nociones e ideas sueltas bailaban por aquí y por allá, y yo mientras tanto filtraba a la velocidad de la luz. Y de repente lo tuve claro, cuando, como por arte de magia, entre todo aquel batiburrillo de pensamientos, dos conceptos cobraron vida: ‘Laura Ponte’ y ‘pantalones’.  Ella es la reina del pantalón exótico, y hasta lo ha lucido en calidad de invitada de boda, así que me hice la pregunta con la que dicté sentencia y cerré la sesión: ¿Por qué no?


Con las ideas claras, me pateé las calles de Madrid, y antes de lo que pensaba me hice con el look perfecto, protagonizado por un precioso pantalón palazzo de color rosa salmón. Sencillo, estiloso y con un punto sofisticado. Nada podía salir mal.

El día de la boda llegó y de pronto me vi sentada en la iglesia preguntándome cómo era posible que a una boda de tarde todas las mujeres (esto no es una forma de hablar, cuando digo todas, quiero decir TODAS, incluida la madre del novio) vistieran de corto. Y allí estaba yo, con aquel pantalón que, según se mirara, parecía una falda y que prácticamente me cubría los pies, sintiéndome la nota discordante, el garbanzo negro de aquel cocido. Cuando unas chicas me comentaron que como dress code los novios habían solicitado que las mujeres llevaran vestido corto, maldije para mis adentros el día que acepté asistir a aquella boda en la que, por otra parte, no pintaba nada, y mi genial idea de experimentar disfrazándome de Laura Ponte en el día menos adecuado.

Ya os había avisado de que la cosa tenía bemoles. Pero no os preocupéis por mí, porque ya me he puesto en manos de un psicoterapeuta y entre los dos estamos trabajando para que aquella experiencia se borre de mi mente para siempre.

Puede que alguna de vosotras tenga marcado en el calendario de esta primavera 2015 la boda de un hermano, de una amiga, de una compañera de trabajo o, por qué no, de un desconocido. Así que aquí os dejo algunas ideas que espero que os sirvan para desenredar ese cacao mental en el que ahora mismo os veis envueltas, porque ya sabemos que no es tarea fácil. Doy fe de ello.

Y para que evitéis esa cagada descomunal que yo cometí, no se me ocurre un mejor consejo que daros: no toméis decisiones importantes después de ver una comedia romántica, pero sobre todo, no os disfracéis y sed vosotras mismas.

Inevitablemente, tengo que empezar con Pronovias. Cuando queremos comprar naranjas, vamos a la frutería, de la misma manera que cuando necesitamos un vestidazo para acudir a una boda y con la que dejar al personal con la boca abierta, vamos a Pronovias. Sea cual sea tu estilo, allí lo encontrarás. Vestidos cortos para bodas de día o largos para las de tarde, colores neutros o vivos, encajes o gasas. La firma catalana es sinónimo de variedad.


El nude y el rojo casan a la perfección y en The 2nd Skin Co lo saben. Las faldas de vuelo, los cuellos Peter Pan y las cinturas marcadas forman parte de sus propuestas. Se trata de diseños muy dulces y femeninos.


En Asos puedes encontrar la solución a golpe de clic y sin salir de casa. Largo midi, tejidos de encaje, estampados florales... aquí se respira vintage. Así que si te va lo retro y te vuelven loca los vestidos que nuestras abuelas lucieron en su juventud, no lo dudes, este es tu sitio.


Las bodas celebradas en el campo cada vez están más de moda. Si no tienes ni idea de qué ponerte en una situación así, Double Ikkat te lo pone muy fácil con sus looks naif cien por cien femeninos.


Por último, en Tintoretto encontramos varias opciones sencillas y económicas. Colores vivos acordes a la época estival y diseños con ciertas reminiscencias griegas.


¿Tenéis boda esta temporada? ¿Con cuál de estos diseños os quedáis?