jueves, 24 de diciembre de 2015

PROPÓSITOS DE AÑO NUEVO

Durante esta última semana del año, además de comprar regalos y atiborrarnos de turrón, toca hacer balance de los últimos doce meses. No sé vosotros, pero yo intento por todos los medios eludir esta tarea, porque sólo me sirve para darme cuenta de que, al final, aquella lista de propósitos que escribí allá por el mes enero, fue relegada al olvido a los pocos días.  Hoy, un año después, vuelvo a rescatarla para reprocharme a mí misma que no me apunté ni al gimnasio ni a las clases de alemán.  Pero yo me niego a tirar la toalla, porque puede que algún día los astros se alineen y yo cumpla con alguno de los propósitos de año nuevo. A pesar de ser española y tener arraigada la idea de dejar para mañana eso que puedo hacer hoy, yo no pierdo la esperanza, así que ahí va mi lista de propósitos.


Escribir una lista de propósitos: al menos así me aseguro de que por lo menos cumplo uno. Aquí está la prueba, y vosotros de testigo. Ahora en serio, para mí escribir los propósitos es todo un propósito en sí. Ha habido años que, aun queriendo hacerlo, no lo he hecho. El tiempo pasa muy deprisa, vas dejando las cosas para mañana y cuando te quieres dar cuenta ha llegado el mes de mayo y tu intención de escribir los propósitos de año nuevo pierde su sentido, si es que alguna vez lo tuvo. Acabo de haceros un favor enorme al desvelaros esto. ¿Por qué sentiros mal por no haber cumplido ni un solo propósito este 2015 cuando tenéis aquí una auténtica aberración humana que ni si quiera fue capaz de poner los suyos en un papel? De nada.

Tomar sólo una copa en la cena de empresa: hay propósitos que repito un año tras otro y que podríamos denominar como los clásicos, como por ejemplo, no picar entre horas. Éste sin embargo es toda una novedad, ya que se me ocurrió hace sólo cinco días, justo la mañana siguiente a mi cena de empresa. Está claro que en este tipo de eventos no puede ocurrir nada bueno. Aquello empieza con unos entrantes, de manera inofensiva, mientras conversáis de cine (‘Ocho apellidos catalanes’ monopolizó mi cena y sé que la vuestra también), teatro, restaurantes… lo normal. Poco a poco la cosa se va animando, y cuando llega ese trágico momento en el que abandonáis el restaurante para ir a una discoteca, la cosa se sale de madre. 


Ya sabéis, la historia de siempre, momento exaltación de la amistad, conversaciones incoherentes y un largo etcétera. De pronto comienzan a salir a la luz secretos, y tu jefe acaba enterándose de que no contasteis con él para comprarle el regalo de despedida a esa compañera que se fue de la empresa en octubre, porque algún bocazas se va de la lengua. Sí, a veces esa bocazas soy yo. No entiendo como teniendo la boca tan ocupada en injerir una copa tras otra me las ingenié para hablar tanto.  Habilidades ocultas que tiene una y que un día, de pronto, salen a la luz. Y hablando de cosas que salen a la luz, precisamente es en una cena de empresa donde la gente descubre que te gusta La Gozadera -entendedlo, es La danza Kuduro del  2015. Esperamos impacientes cuál será la del 2016-, después de emocionarte las cuatro veces que la pusieron (¡cuatro!).  Y claro, después de eso, es imposible que la gente vuelva a mirarte de la misma manera. 


“Y se formó la gozadera
Miami me lo confirmó
Y el arroz con habichuelas
Puerto Rico me lo regaló”

Y ahora, con la mano en el corazón, decidme ¿quién ha sido capaz de no sucumbir a este arte natural de construir versos?

Y luego está ese baile. Mira que lo he intentado, pero no lo consigo. Soy incapaz de hacer esos movimientos circulares con las manos y con el cuello a la vez, me resulta imposible coordinar ambos. Es como decir si con la cabeza y no con la boca. Una auténtica proeza.

Pero no nos desviemos del tema, que si no recuerdo mal el asunto que nos ocupaba era la cena de empresa. ¡Ay, qué inocentes somos esa noche de viernes pensando que el lunes queda muy lejos! Pero el lunes llega en un abrir y cerrar de ojos, y con él, ese momento en el que tienes que volver a la oficina y sentarte frente a tu ordenador para adoptar ese rol de persona seria que nunca jamás en la vida ha bailado La Gozadera.

No me gusta dar consejos, pero si aún estáis a tiempo de evitarlo, huye tú que puedes. La combinación La Gozadera + Copas + Jefe no sale bien. Es una contradicción en sí misma. Hacedme caso, tomaros una copa e iros a casa. O bueno, iros de copas con vuestros amigos, que con ellos no tenéis que guardar las formas y esos al fin y al cabo, contigo ya están curados de espanto.

Leer clásicos: un año después repito propósito. Tengo tantos títulos en mente que no sé por dónde empezar: ‘Los miserables’, ‘Anna Karenina’, ‘El gran Gatsby’, ‘Lolita’… Aquí no tengo la batalla perdida del todo, ya que 2015 para mí será, entre otras cosas, el año que leí ‘Orgullo y prejuicio’. Aunque a mi favor diré que la culpable ha sido Camilla Lackberg y su serie Fjällbacka, que me ha atrapado y no he podido parar hasta leerme los, de momento, nueve libros que componen la saga. No puedo estar a todo.

Ir al teatro sola: ¡qué trabajo me cuesta encontrar a gente de mi edad a la que le guste el teatro! Al final tengo que arrastrar a mi pobre madre para que me acompañe, a quien tampoco le gusta el teatro, pero al fin y al cabo ella es la única persona del mundo programada genéticamente para hacer cosas por mí. El caso es que cuando finaliza la obra en cuestión, y estamos saliendo del teatro, yo suelo decir, sin contener mi euforia: “¡Me ha encantado! ¡Qué divertida! ¡Cuánto me he reído! ¡Qué bien actúa este hombre! ¿A ti te ha gustado?” Y es entonces cuando de su boca sale una especie de sí que parece el quejido de un gato moribundo. Y yo, que siempre he sido muy perspicaz y sé leer entre líneas, deduzco que en realidad no le ha gustado nada y que habría preferido pasar la tarde en el dentista sacándose la muela del juicio. Y es entonces cuando mi conciencia decide hacerme sentir mal e intenta convencerme para que la próxima vez vaya sola.


Oye, que a mí me encanta pasar tiempo sola y como dice Álex Rovira “pocas cosas dan más de sí que la soledad bien aprovechada”, pero creo que ir al cine o al teatro solo es tarea de valientes. Me veo llegando al teatro y pidiendo una (¡una!) entrada en la taquilla, mientras empiezo a maquinar “¿Qué estará pensando este hombre de mí? A ver si va a llamar a Servicios  Sociales, se van a presentar aquí y me van a hacer una inspección de… no sé, el tipo de inspección que le hacen a las personas que no tienen amigos”

Y una vez superada esa primera barrera, estaré allí, sentada en mi butaca, toqueteando el móvil, fingiendo que, al estar enfrascada en una interesante conversación de WhatsApp con mis amigos, esos que no han podido venir conmigo al teatro, no me doy cuenta de que todo el mundo me mira y murmura. Y es entonces cuando alguien me pone una mascarilla de esas que llevan algunos japoneses en el metro de Madrid (yo también lo haría, que a saber lo que  se puede pillar en uno de esos vagones). “¡No se acerquen! ¡Lo que tiene puede ser contagioso!”- gritarán asustados. De pronto, al considerarme un espécimen digno de estudio, me inmovilizarán para hacerme un análisis de sangre, y tras un pequeño forcejeo, finalmente varios enfermeros  me encerrarán en una jaula para transportarme a una clínica en la que pasaré algunas semanas durante las cuales un equipo de psicólogos examinarán mi conducta.

Pero no nos alarmemos, esto no tiene por qué ocurrir, sólo en el peor de los casos. Otra posibilidad es que acuda al teatro sola, la gente apenas repare en mí, disfrute de la obra y vuelva a mi casa sana y salva.

Hacer ejercicio: sé que éste es un propósito de manual, y por eso, había que incluirlo. Hacer una lista de propósitos sin él sería tan desconcertante como una Semana Santa sin lluvia. El deporte y yo nunca nos hemos llevado bien. En el instituto yo era de las que suspendía Educación Física, y el día que me tocaba esta asignatura, al levantarme por la mañana sudaba con solo pensar que me tenía que poner un chándal. Querido chándal, puede que poseas el honor de ser la prenda más fea de la historia, por delante incluso de la riñonera y las blusas con hombreras.

A pesar de ser de natural patoso, ha habido otros momentos en mi vida en los que me propuse hacer ejercicio y en los que incluso lo intenté.

Corría el verano 2007 y mi hermano y yo decidimos apuntarnos al gimnasio, pero cometimos un pequeño error de cálculo: en los bajos de dicho gimnasio había un Mc Donalds ¿A qué clase de mente perturbada se le ocurrió semejante invento? Diseñamos entonces una rutina que cumplíamos a rajatabla: todas las mañanas íbamos al gimnasio y después, al salir, nos tomábamos un Mc Flurry. Ahora lo pienso y es como si cada vez que fueras a la peluquería, al llegar a casa te mojaras la cabeza, pero a nosotros en ese momento nos parecía de lo más normal. Sí, sí, lo habéis adivinado, aquello no duró ni un mes. El precio del Mc Flurry no hay bolsillo que lo aguante. 

Pero aquí no terminó la historia. Cuando nos cansamos de ir al gimnasio, delante de mi madre fingíamos que seguíamos yendo, ya que era ella quien nos lo pagaba (como decía un personaje de ‘Aquí no hay quien viva’, éramos estudiantes, gente humilde). Así que cada mañana salíamos de casa fingiendo que íbamos a hacer deporte y en realidad nos íbamos a desayunar a Rodilla. Lo peor es que al llegar a casa echábamos una camiseta limpia a lavar, como si la hubiéramos sudado en la cinta de correr. Mi madre tenía que creérselo y para ello había que cuidar todos los detalles y no dejar un solo cabo suelto. ¿Qué por qué no dejamos directamente de pagar el gimnasio? Pues eso me pregunto yo, pero imagino que algo tendría que ver con el hecho de que nos costó convencer a mi madre para que nos pagara el gimnasio diciéndole que era supernecesario y que íbamos a ser muy constantes, y al final ella tenía razón y a los dos días nos cansamos. Pero no podíamos reconocerlo, aquello era una cuestión de orgullo. Tampoco dejamos que esa pantomima durara demasiado, nuestra maldad tiene límites.

Un par de años después, en el verano 2009, aprovechando que las clases de la universidad habían terminado, durante dos semanas de julio – tres a lo sumo-  madrugué cada mañana para salir a correr (cómo se nota que estábamos en el 2009, ahora decimos hacer running).  Con una gran voluntad salía yo con mis mallas y las zapatillas más baratas que encontré en Decathlon - me niego a gastar mi dinero en ropa deportiva, hasta ahí podíamos llegar -, me ponía mis cascos, le daba al play, y las canciones de Michael Jackson empezaban a sonar para darme el ánimo que tanto necesitaba (recuerdo que este pedazo de genio acababa de morir y todos rescatamos su música en aquel momento). Corría durante un tramo y cuando empezaba a hiperventilar, bajaba el ritmo y comenzaba a andar deprisa. Aquí lo que me hirió más profundamente fue que señores de la edad de mi padre me adelantaban y me decían “¡Vamos hombre! ¡Con más ritmo!” Tocada y hundida. Desde entonces no he vuelto a ser la misma.


Como me niego a seguir haciendo el ridículo en público, he decidido hacer deporte en casa. Ya he escrito mi carta a los Reyes Magos y les he pedido una bici estática. He depositado todas mis esperanzas en ellos, así que si no me la traen, ellos y sólo ellos serán los culpables de que este verano tenga que mantener mis piernas escondidas bajo faldas largas o pantalones palazzo.

Viajar: Y después de haber dejado mi reputación por los suelos, por fin ha llegado el momento de regodearme un poco, y es que puede que viajar haya sido el único propósito que he cumplido este año. Ya barajo algunos destinos para 2016, como Venecia, Marsella, Dublín y cualquier otro destino al que Ryanair vuele desde Madrid. Por cierto, desde aquí le pido a esta compañía que por favor renueve un poco el catálogo para evitar que acabemos cayendo en bucle.


Hacer yoga, retomar las clases de inglés, alimentarme de una manera más sana, aprender a hacer punto, actualizar el blog más a menudo… esta lista podría ser interminable y estoy cayendo en la cuenta de que para llevarla a cabo no sólo voy a necesitar mucha fuerza de voluntad, sino también reducir mis horas de sueño a tres diarias.

Y es ahora cuando veo claramente que esto no es factible y que lo mejor que podemos hacer es disfrutar de cada una de las cosas que hagamos durante ese año que aún está por venir. No quiero acumular tics verdes en mi lista a costa de un ataque de ansiedad. Al final lo importante no es hacer más cosas, sino hacerlas bien.

En primero de bachillerato, al menos en mi época, ‘Don Quijote de la Mancha’ era lectura obligatoria. Sin embargo, yo no tuve que leerlo porque mi profesor decía que era un libro para leer por gusto y no por obligación. Muchas veces me acuerdo de la moraleja que me enseñó aquello, y es que hay que hacer las cosas cuando a uno le apetece hacerlas, y sólo así pueden disfrutarse, de lo contrario se convierten en una tortura. En ningún sitio está escrito que en 2016 yo tenga que leerme ‘Los miserables’, viajar a Marsella y aprender a hacer punto. Quizá lo haga en 2016, o quizá en 2022 o quizá nunca, lo que tengo claro es que el día que lo haga será por gusto y no por obligación.

Feliz Navidad y próspero Año Nuevo.

sábado, 14 de noviembre de 2015

LOS MALOS NO PUEDEN GANAR

Creíamos que hoy iba a ser un día cualquiera. Un sábado normal y corriente, en el que tenías pensado pasar la mañana haciendo recados y ponerte guapa por la noche para salir a cenar. Te despiertas a las ocho, mucho antes de lo que te habría gustado, remoloneas un rato en la cama, y después de quince minutos decides abandonar la calidez y suavidad de tu almohada para salir ahí fuera. Enciendes la tele y mientras untas la tostada descubres que mientras tú dormías, más de un centenar de personas inocentes han perdido la vida en París a causa de un atentado yihadista. “¡Joder, otra vez! ¿Cuándo va a parar esta gente?”- dices indignada no sabes muy bien a quién, quizá a tu perro que está tumbado a tu lado hecho un rosco, ajeno a todo el horror que este mundo es capaz de acoger.

Llevo todo el día dándole vueltas a la cabeza, supongo que como todos, preguntándome qué hace que alguien llegue a ese punto de locura  para ponerse a matar a todo el que se le ponga por delante. En qué momento un ser deja de ser humano y decide terminar con las vidas de otros, de hijos, padres, hermanos, novios y amigos de aquellos que en este momento lloran su pérdida y quienes desde hoy tendrán que aprender a vivir con un vacío que no volverá a ser llenado nunca.

Hoy todos somos París

Cuando ocurren cosas así uno se plantea muchas cosas que, desgraciadamente, a los pocos días vuelve a olvidar. Pasamos una parte importante de nuestro tiempo enfadados por estupideces. Que la cisterna pierda agua o que se nos estropee el wifi, puede llegar incluso a amargarnos el día. Cuando amaneces con noticias como la de hoy, todos estos ‘problemas’ se convierten en humo y te das cuenta de la cantidad de energía que desperdicias al cabo del día en nimiedades de este tipo. Tal y como nos recuerda ‘American Beauty’, “la vida es demasiado corta para estar siempre cabreado”.

Además, otro de nuestros errores es vivir como si fuéramos a estar aquí eternamente, posponiendo aquello que nos da miedo o pereza. Odiamos nuestro trabajo, pero nunca vemos el momento de buscar un empleo mejor. Nos encantaría vivir la experiencia de probar suerte en otro país, pero ahora no tengo tiempo para experimentos, quizás en un par de años me decida. Y en cuanto a ese atrevido cambio de look que más de una vez nos hemos planteado, pues qué quieres que te diga, hoy por hoy no me siento preparada para cortar mi melena, con lo que luego tarda el pelo en crecer. Nos encanta dejarlo todo para mañana, pero quién nos dice que habrá un mañana. En momentos así la frase “vive como si fuera el último día de tu vida” cobra más sentido que nunca.


Es posible que penséis que soy una dramática y que me estoy pasando de intensa (yo estoy pensando exactamente lo mismo), pero aun asumiendo el dramatismo e intensidad de mi planteamiento, la realidad es que por desgracia el yihadismo está cada día más presente en nuestras vidas y estos fanáticos religiosos están convirtiendo Europa en un auténtico campo de batalla. Quizás un día cojamos el tren que a diario nos lleva al trabajo, y no regresemos nunca más. Por eso mismo, hoy más que nunca, deberíamos vivir como si fuera el último día de nuestra vida, y lo que tenga que ser, será.

Sabiendo que Europa está bajo amenaza terrorista, lo normal sería sentir miedo, y sin embargo es justo eso lo que debemos evitar. He leído en GQ que “una de las equivocaciones que se pueden cometer ahora es aceptar un cambio en nuestro modo de vida. Han sido atacados elementos de la civilización: el ocio, la cultura, el placer o el humor. Como recordaba un dibujante de Charlie Hebdo, hay que luchar disfrutando.” Quizá esperen que nos quedemos encerrados en casa por miedo a ser asesinados en un teatro, un tren o un centro comercial. De ninguna de las maneras. Tenemos que hacer gala de libertad y seguir viviendo como nos plazca. Sigamos disfrutando y apostando por una sociedad tolerante y abierta. Es el mejor homenaje que podemos brindar a las víctimas y la mejor manera de demostrar que no vamos a dejarnos vencer. Porque los malos no pueden ganar.

"Matar a un hombre para defender una idea, no es defender una idea, es matar a un hombre"

Sebastián Castellion



sábado, 7 de noviembre de 2015

LOS SETENTA HAN VUELTO

El frío ya está aquí. Ya hemos entrado en noviembre. Es definitivo. En menos de que te des cuenta estarás frente a la tele viendo a Ramón García en la Puerta del Sol, con tu vasito de uvas a mano esperando a que suenen los cuartos, mientras aguantas los chistes de ese cuñado al que no soportas y junto al cual tienes que compartir mesa una nochevieja tras otra. Que no lo digo yo. Que lo dice Antena 3, cadena que ahora mismo, mientras escribo estas líneas, emite una película navideña. Esto corre demasiado deprisa, y yo aún no he superado el final del verano.

Cuando hace dos semanas reuní el valor necesario para hacer el cambio de armario, de pronto, sin darme cuenta, una lágrima resbaló por mi mejilla al descubrir una bolsa de playa con restos de arena. Como soy de las que les gusta echar sal en la herida, no pude evitar arrimar mi nariz para comprobar que, efectivamente, el olor a protector solar seguía allí. Y fue en ese justo momento cuando la nostalgia, de la que os hablaba también en mi último post, se apoderó de mí. Me di cuenta que tocaba despedirse hasta el próximo año de tomar copas en terrazas, de darse un baño en una piscina, de la jornada intensiva en el trabajo o de que el sol nos acompañe hasta la hora de cenar. Todo esto será sustituido por cosas tan desagradables como esperar el tren en un andén a las siete de la mañana mientras te pelas de frío o salir de trabajar cuando ya ha anochecido. Ay otoño, qué difícil nos pones eso de quererte.

Pero en fin, la vida es así. Hay que mirar hacia delante y superar este trago de la mejor manera posible. Si lo piensas bien, la llegada del otoño y del frío también tiene sus ventajas. Se duerme mucho mejor bajo las mantas, el paisaje se tiñe de bonitos tonos ocres y marrones que nos dejarán un buen puñado de fotos con las que fardar en Instagram, dejaremos de escuchar ‘La Gozadera’ a todas horas (hasta el título da repelús) y es tiempo de castañas asadas y de merendar churros con chocolate. Además, toca renovar el armario, así que dejémonos de tanto dramatismo, que no hay pena que una tarde de compras no consiga aliviar.

Ojeando catálogos, revistas de moda y blogs me he dado cuenta de que este otoño invierno va a ser realmente innovador. Son muchas las tendencias nuevas a adoptar, que no vestíamos el año pasado. No sé si a vosotras os ha ocurrido algo parecido, pero con tanta novedad, en mi cerebro se ha producido una especie de cortocircuito y tengo un desorden de ideas importante. En situaciones así lo que mejor me funciona es coger papel y boli y hacer una lista (creo firmemente que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo hiciera listas). Así que ahí va una lista de las principales tendencias de este otoño invierno 2015/2016.

1. Falda trapecio y camisa con lazada al cuello

A finales de marzo Felicity Jones presentaba su peli 'True Story' así vestida. Su look define a la perfección las tendencias de este otoño invierno, y en aquel momento era un preludio de lo que estaba por venir. Diría que la falda trapecio, ya sea de pana, ante o tejido vaquero, con sus inconfundibles botones en el medio, se ha convertido en la prenda estrella de la temporada, y es que este invierno mires donde mires y estés donde estés, verás una. Y lo mismo ocurre con la lazada al cuello. A la camisa tradicional de toda la vida se le da una vuelta de tuerca añadiendo un detalle tan simple como este.


2. El pantalón de campana

El pantalón de campana nos ha demostrado que quien la sigue la consigue. Ya hablé por aquí de él y comentaba su posición en una segunda línea, detrás del pitillo. Parece que por fin ha dado el salto, y es que con una temporada inspirada en los años setenta, no podía ser de otra manera.


3. El pichi

Volveremos a vestir pichi, esa mezcla entre el vestido y el peto, y que a la mayoría nos recuerda a nuestra infancia. Perfecto para combinar con camisas o jerséis de cuello vuelto. Nos dará un toque aniñado.


4. Zapatos kitten heel

A medio camino entre el zapato plano y el tacón de vértigo, este tipo de calzado nos ayuda a conseguir un look muy femenino, sin necesidad de sufrir por ello. Quién iba a decirnos que los zapatos que han llevado nuestras abuelas se convirtirían en tendencia en el año 2015. La moda es así.


5. Terciopelo vs ante

Pantalones, chaquetas, vestidos, faldas… todo se cubrirá esta temporada de terciopelo y de ante, dos tejidos que hacía años que no se dejaban ver, aunque el ante ya empezó a despuntar este verano.


6. Estilo boho chic

Tejidos como el ante y prendas como el pantalón de campana, se unen con detalles como los flecos o los estampados con motivos étnicos para conseguir el característico estilo boho chic. Años setenta en estado puro.


7. Jerséis sin mangas

Siguiendo la línea setentera, los chalecos de punto de estampado geométrico son todo un must have.


8. Estampado de cuadros

Los cuadros, en sus distintas variantes, ya sea el estampado príncipe de gales, pata de gallo o tartán, han venido pisando fuerte. Con ellos conseguiremos un perfecto look estilo british.


9. Abrigo marinero

Afortunadamente para nuestra cartera, hay algo que aún podemos rescatar del armario. El clásico abrigo marino o negro de botones dorados que hemos llevado temporadas atrás, este año se ha convertido en una prenda indispensable.


¿Ya os habéis hecho con alguna de estas tendencias? ¿Se os ocurre alguna otra que añadir a la lista?



domingo, 13 de septiembre de 2015

FINALES

Odio los finales. Bueno, en realidad, sólo odio algunos finales, porque a veces hay cosas que piden un final a gritos, como un viaje en autobús de Madrid a Barcelona, la saga de Crepúsculo, un domingo de resaca  o Anatomía de Grey (señores guionistas por favor, terminen ya con eso). Pero las cosas bonitas, las cosas bien hechas, esas a las que cuesta decir adiós, no deberían terminarse nunca. 

Hoy, cuatro meses más tarde que el resto de los mortales (dejadme, yo llevo mi propio ritmo), he visto el último capítulo de Mad Men. Y aquí estoy, suspirando cada dos minutos mientras me pregunto  con qué voy a llenar yo ahora mi vida y cómo voy a ser capaz de superar esta pérdida. Se inicia para mí un auténtico proceso de duelo.


Recuerdo que un primo mío, cuando era pequeño y estaba viendo algunos dibujos en la tele, cada día al terminar el capítulo decía: “¿Por qué termina si estoy viéndolo yo?” Pues en momentos así, una parte de mí vuelve a ser una niña, se cruza de brazos, patalea y grita: “¡Ey! ¡Me encanta Mad Men! ¿Cómo habéis sido capaces de acabar con ella?”.

Decirle adiós a Mad Men, significa decirle adiós a Don Draper, ese hombre al que he amado y odiado a partes iguales. Si me cruzara con él por la calle no sabría si abrazarle o darle una bofetada. Creo que hasta me enfadé cuando descubrí que le ponía los cuernos a Megan con la vecina (en serio ¿cómo pudo hacerle eso?), con pillada de la hija incluida. Mentiroso compulsivo con un pasado oscuro y problemas con el alcohol… en fin, lo tenía todo. Y sólo él podía ser adorable reuniendo todas estas cualidades. Y es que, a pesar de todo, resultaba realmente encantador.


También toca despedirse de Peggy Olson, cuya evolución a lo largo de las siete temporadas me ha parecido brutal. Como espectadora y lectora empedernida que soy, sé que a los personajes con los que uno se siente identificado, se les coge especial cariño. Es inevitable. Pues justo eso es lo que me ha pasado a mí con ella. A ratos me veía reflejada en algunos rasgos de su personalidad y quizá por eso la convertí en mi favorita. No era la más guapa, ni la más delgada, ni la más estilosa, pero era Peggy.


Mención aparte merece ese maravilloso vestuario, el cual constituía uno de los atractivos de la serie y caracterizó a ésta desde sus comienzos. Atrás quedarán esos vestidos lady de Betty, los impecables trajes de Don o los looks poperos de Megan.



Me da pena decir adiós a todo esto y, como buena nostálgica que soy, no puedo deshacerme de la morriña, ese sentimiento que va unido a los finales de las cosas buenas. Como cuando descargas las maletas en la puerta de casa después de esas vacaciones familiares en Ribadesella, con perro incluido. O cuando termina el verano y el otoño llama a tu puerta esa noche en la que tienes que sacar una manta del armario de manera improvisada. O cuando esperas la salida de tu avión mientras ese fin de semana en Mallorca con amigas a las que hacía tiempo no veías toca a su fin. O cuando haces balance el día 31 de diciembre de un año memorable. En momentos así, se junta la alegría que provoca lo bueno que has vivido, con la pena de saber que ya es pasado, y piensas que lo que venga después sólo puede ser peor. Exacto. Habrá más series después de Mad Men, pero sólo pueden ser peores. 



viernes, 10 de julio de 2015

DAKOTA JOHNSON VS CARA DELEVINGNE


Nunca he seguido mucho a Cara Delevingne, así que poco sabía de ella, pero había una cosa clara: la imagen que tenía en mi cabeza era negativa. “Tiene toda la pinta de ser una fiestas medio pirada”. – pensaba yo. Prejuicios se le suele llamar a esto. Qué pena no llegar a deshacernos del todo de ellos.

El pasado miércoles pudimos verla en 'El Hormiguero', y la verdad es que ella sola derribó por completo esa imagen que tenía preconcebida. Demostró que es una mujer muy carismática, además de divertida, graciosa, cercana y agradable. En definitiva, totalmente encantadora. Durante todo el programa se comportó de una manera muy natural y espontánea, como si no hubiera cámaras delante, como si en lugar de estar en un plató de televisión rodeada de personas desconocidas, estuviera en un bar tomando cañas con sus amigos.


Sin embargo, la semana pasada fue Dakota Johnson la que visitaba el mismo programa, y la imagen que dio fue bien distinta. Totalmente rígida, con sonrisa nerviosa y parquedad de palabras respondía a las preguntas de Pablo Motos y no sabía dónde meterse cuando éste echó mano de su manida lista de piropos (que este hombre le tire los trastos a las invitadas parece ser requisito indispensable del programa). Podríamos tacharla de sosa, pava e incluso de antipática, pero creo que en realidad todo puede resumirse en esto: es tímida.


He leído y escuchado comentarios sobre el paso de estas dos mujeres tan diferentes por el programa de las hormigas, y casi todo el mundo coincide en su veredicto: Cara es simpática y graciosa mientras que Dakota es  insustancial y aburrida. Tras el estupendo programa que nos brindó la primera más de uno no dudó en compararla con la segunda: “Igualita que Dakota la semana pasada, que apenas decía una palabra”.

En realidad no tengo demasiado interés en hablar ni de Dakota Johnson ni de Cara Delevingne, pero sí de los dos tipos de personas que ambas representan: la tímida y la extravertida.

Hace algunos meses leí un libro llamado 'El don de la sensibilidad', y en él encontré una idea que quedó grabada en mi cabeza: estos dos tipos de personas son tan opuestos como necesarios y ninguna es mejor ni peor opción que la otra. Cada uno aporta algo igual de valioso y sin lo que no podríamos vivir.

Este libro habla de, entre otras cosas, un estudio que realizó Avril Thorne con el fin de descubrir la manera de interactuar de los introvertidos, para lo que escogió a alumnas altamente extravertidas y altamente introvertidas.

“Las mujeres altamente introvertidas se mostraban serias y centradas, hablaban más acerca de problemas y eran más cautas. Tenían tendencia a escuchar, a preguntar, a dar consejos; parecían estar concentrándose en la otra persona de un modo profundo.
En cambio, las mujeres altamente extravertidas charlaban más por placer, buscaban más el acuerdo, buscaban similitudes en cuanto a orígenes y experiencias, y hacían más cumplidos. Eran optimistas y expansivas, y gustaban de emparejarse con cualquier tipo de persona, como si su principal placer fuera la conversación.
Cuando las extravertidas se encontraban con alguna alumna que era altamente introvertida, les gustaba no tener que estar tan alegres. Y las introvertidas encontraban la conversación con la extravertida como un soplo de aire fresco.
La imagen que obtenemos del trabajo de Thorne es que cada tipo de persona contribuye con algo a este mundo, algo que es igualmente importante.”


Refuerza esta idea citando el planteamiento de Carl Jung, para quien “ser introvertido es, simplemente, volverse hacia dentro, hacia el sujeto, el yo. Los introvertidos son evidencias vivas de que este mundo, rico y variado, con su vida desbordante y embriagadora, no es únicamente externo, sino que también existe en el interior.
A veces lo único que necesitamos es disfrutar del mundo exterior tal como es y de los extravertidos, que pueden hacer que gente totalmente extraña se sienta conectada. Pero también a veces necesitamos un anclaje interno, es decir, aquellos que son introvertidos y prestan plena atención a los matices más profundos de la experiencia íntima. La vida no va sólo de películas que todos hemos visto y de restaurantes que todos hemos visitado. A veces, hablar de las cuestiones más sutiles es esencial para el alma.”

Vivimos en un mundo en el que se valora la extraversión y sociabilidad y donde se confunde timidez con antipatía. Sólo hay que analizar los dos ejemplos de los que os he hablado antes para darnos cuenta: Cara nos fascinó y Dakota nos dejó indiferentes. Así que, es interesante toparte con un libro que te recuerde que, en realidad, todos tenemos algo que ofrecer.

Además, pienso que todo esto también tiene mucho que ver con el equilibrio. ¿Os imagináis un mundo en el que absolutamente todas las personas, sin excepción, fueran superextravertidas, simpáticas y sociables? En mi opinión, el resultado sería de lo más molesto y cargante. Y en el caso contrario, ocurriría lo mismo pero al revés. Un mundo lleno de introvertidos sería demasiado monótono. Tanto los extravertidos como los tímidos logran un término medio. Unos contrarrestan el aburrimiento, otros el exceso de ruido y ambos logran una armonía.


¿Con quién os sentís más identificados, con Dakota Johnson o con Cara Delevingne? O lo que es lo mismo ¿sois tímidos o extravertidos?



martes, 7 de julio de 2015

¿QUÉ HA SIDO DE LA INTIMIDAD?

Ayer por la tarde tuve una cita con mi dentista.

Acabo de releer esta frase y me he dado cuenta de que puede dar lugar a equívocos.

Malditas mentes retorcidas, siempre pensando en lo mismo.

Lo que quiero decir es que ayer tuve que ir al dentista. Tan simple e inocente como eso. Lo más apasionante que ocurrió entre él y yo fue una limpieza de boca.

Mierda. Creo que he vuelto a cagarla.

Corramos un tupido velo.

Estaba yo allí tumbada en el sillón ese que tiene setenta y dos posiciones, con esa bonita expresión en la cara que todos ponemos cuando estamos en tal situación, que consiste en tensar todos los músculos del rostro mientras abres la boca al máximo para que el dentista pueda meter ahí dentro toda clase de artilugios que vaya encontrando por la sala: el espejo de exploración, el aspirador, pinzas, gasas, algodones… Nunca creí que en mi boca pudieran caber tantas cosas.

¿Otra vez? Puede que nunca os hayáis visto en esta tesitura, pero contar tu visita al dentista sin utilizar frases con doble sentido es muy complicado.

Prosigamos por favor, que desde aquí me comprometo a llegar algún día al final de esta historia.

En esa situación que os he descrito me encontraba, cuando me acordé de una foto que Eugenia Silva subió a Instagram hace un par de años en la que aparecía en la misma circunstancia. Mientras mi dentista hacía y deshacía, éste era el diálogo que mi cerebro mantenía conmigo misma, al tiempo que clavaba la vista en los halógenos del techo: “¿Pero eso cómo funciona? ¿Aquí y ahora, tal cual, le digo al dentista que pare con lo que quiera que esté haciendo y le pido que pose para hacernos un selfie? ¿De verdad hay gente que tiene el valor de hacer semejante cosa?”

Eugenia Silva en el dentista. Apasionante

Hace pocos meses una persona que conozco acudió a un hospital a hacerse una prueba médica. A la hora, ilustraba su paso por allí subiendo una foto a Facebook en la que posaba con la bata de hospital puesta, y con morritos y símbolo de la victoria incluidos.

Estos son sólo dos de los millones de ejemplos que existen para explicar nuestra ida de olla con las redes sociales. Al principio tenían su aquel. Gracias a Facebook te reencontrabas con antiguos amigos, te hacías fan de grupos estúpidos que tenían su gracia y subías alguna que otra foto de tu verano en Caños de Meca, de las noches de fiesta por los garitos de Ciudad Universitaria o de los conciertos de tu grupo favorito.  Pero todo esto degeneró en platos de comida, looks diarios y actividades cotidianas. En definitiva, las redes sociales se han convertido en el mejor escaparate para mostrarle al mundo tu vida minuto a minuto. Pero ¿a quién le importa?, como diría Alaska.

"Estudios recientes demuestran que se puede ir y volver de un sitio perfectamente sin publicarlo" 

Perfil de Twitter Lo mejor de FB

Cristina Pedroche durmiendo, digo... haciendo que duerme. Conmovedor

Una red social, utilizada con cabeza, puede resultar maravillosa, el problema está cuando la cosa se sale de madre (que suele ser casi siempre), y es que como decía Aristóteles, la virtud está en el término medio. La mayor parte de las veces que entro en el Instagram de alguien siempre veo el mismo problema: la falta de selección. Hay alguna que otra foto bonita, de un rincón encantador, de un momento divertido con amigos o de un restaurante guay que acabas de descubrir, pero la mayoría de las fotos sobran, porque a nadie le importa lo que comen los demás, si van al gimnasio o se echan la siesta con su novio. 

Dos bonitas imágenes de Che Cosa y Leticia Dolera. Así sí

No entiendo por qué tiene que haber un documento gráfico de cada una de estas actividades, ya que se trata de algo cotidiano que todos realizamos y que no tiene nada fuera de lo común, pero que sobre todo, pertenece a la vida privada de una persona, así que ¿qué necesidad hay de airear todo eso? ¿por qué estamos dejando que unos desconocidos sean testigos de las cosas que nos ocurren de puertas para dentro?

Seamos selectivos. Mostremos sólo lo que merezca la pena mostrar, y guardémonos para nosotros y para los nuestros los momentos más íntimos y especiales. Protejamos nuestra intimidad. Molaría mucho vivir en un mundo más discreto en el que estemos más pendientes de disfrutar nuestra vida que de publicarla. 

¿Estáis muy enganchados a Instagram? ¿Qué tipo de fotos subís?




martes, 30 de junio de 2015

GUÍA PARA NO PERDER LA CABEZA DURANTE LAS REBAJAS

Parece que fue ayer cuando caminaba a toda prisa bajo la lluvia sorteando los charcos, mientras mis dientes castañeaban y cubría mi cuello con una maxibufanda roja de cuadros que, a ratos, me recordaba a la manta que mi abuela colocaba en el reposabrazos del sofá. Y sin embargo hoy el termómetro marca más de 40 grados.

Si eres el tipo de persona despistadilla que ha pasado por alto algunas señales, como amanecer con la camiseta del pijama empapada, buscar la sombra desconsoladamente o agarrarte a la botella de agua con muchas más ganas aún de lo que agarrabas la de ron en la despedida de soltera de tu mejor amiga, te diré que el verano ya está aquí. Y sí, querida compradora compulsiva, esta afirmación significa que el 1 de julio está cerca. Muy cerca.


Ya sabemos que llevas mucho tiempo esperando este día, el cual marcaste en rojo en el calendario allá por el mes de marzo, y que has entrenado a conciencia durante las últimas semanas para ser más rápida, más hábil y más espabilada que las demás en esa competición cuya ganadora será la que mayores gangas consiga. Pero a veces está bien hacer autocrítica y ver en qué nos hemos equivocado en el pasado, así que te pido que hagas memoria y retrocedas en el tiempo sólo doce meses. ¿Cuántas veces te has puesto aquel vestido de cuadros con falda de vuelo que compraste en julio de 2014? ¿Y aquellos zapatos de tacón tan incómodos de verdad merecían la pena? ¿Y por qué, siendo una enamorada de los bikinis, te hiciste con un bañador?

Sé que al contestar a estas preguntas te has dado cuenta de que rebajas y derroche van de la mano. ¿No se supone que el propósito de éstas es ahorrar? ¿Entonces por qué he gastado el triple de lo que había pensado? Pues aquí estoy yo hoy, disfrazada de tu conciencia, para darte la respuesta: por culpa de la mala planificación. Pero no os preocupéis, porque si lo pillamos a tiempo, tiene remedio. Así que ahí van algunos trucos para evitar caer en la ruina económica por culpa de las rebajas, aunque en realidad todo podría resumirse en algo muy simple: usar el sentido común, el mismo que desaparece en cuanto  vemos a mitad de precio ese bolso con el que soñábamos desde principio de temporada.


Las ideas claras: seguro que tienes fichadas ya algunas prendas que te han gustado pero que no te has decidido a comprar porque, básicamente, como suelen decirnos nuestras madres, no podemos comprar todo lo que nos apetezca. Estaría bien que cogieras papel y boli e hicieras una lista (nunca subestimes el poder de las listas. Adoro las listas. Listas forever) con eso que te gustó pero no pudiste comprar porque tenías que pagar la factura de la luz, y aún no has llegado al extremo de preferir vivir a oscuras para lucir el vestido del momento, aunque todo se andará si no le ponemos solución. Así, cuando el primer día de rebajas entres en la tienda, irás a piñón fijo y evitarás los cantos de sirena en forma de zapatos. La planificación es la clave, ya te lo había dicho.

Invierte en básicos: personalmente me da una pereza infinita comprar prendas básicas en temporada. La típica camiseta blanca de algodón que te pondrás día sí y día también porque combina con todo, o el clásico pantalón vaquero que no te quitarás porque tiene el tono azul perfecto, son prendas todoterreno que no pueden faltar en tu armario, pero seamos sinceros, a nadie le hace ilusión comprarlas. Cuando compras un bolso precioso, vuelves a casa sintiendo que el mundo es un lugar mejor, sonríes tanto como aquel día en el que te comunicaron el único nueve y medio que sacaste en toda la carrera, y hasta tu pelo tiene más brillo y tu piel está más tersa. Sin embargo, hacerse con un pantalón vaquero es un mero trámite, algo así como comprar el tóner de repuesto de la impresora. Lo dicho, aprovecha las rebajas para hacerte con prendas básicas: son muy necesarias, pero gastarse el dinero en ellas es un auténtico coñazo.


Compra tendencias efímeras: pongámonos en situación. Llevas dos meses y medio babeando cada vez que pasas por delante de ese pantalón culotte que cuesta 60 euros. Pero piénsalo bien ¿cuándo te vas a poner tú un pantalón culotte? Es demasiado atrevido para llevarlo a la oficina, lugar en el que pasas el 50% de tu tiempo. Además, en cuanto tengas vacaciones estarás todo el día en la playa luciendo bikini. Aunque pensándolo bien, es perfecto para ir a ese concierto al que asistirás en agosto. Entre unas cosas y otras esta temporada te lo pondrás como mucho dos veces, y el año que viene ¿quién se acordará de los culotte? Pues eso lo convierte en la prenda perfecta para ser comprada en rebajas. Pagar 60 euros por algo que apenas te vas a poner, es bastante absurdo, pero si pagas la mitad, no será tan doloroso y podrás darte el capricho de lucir un culotte sin remordimientos.

Ten la vista puesta en la próxima temporada: aunque haya gente que nos tache de chifladas, comprar jerseys en agosto no es una locura. Si lo piensas tiene mucho sentido. Durante los meses estivales las prendas de invierno que pertenecen a la colección primavera-verano que están liquidando tienen muy buen precio. Es un buen momento para comprarlas, pues cuando las estrenes en noviembre y recuerdes lo poco que pagaste por ellas, lo agradecerás.


Piensa en tus necesidades: ese bikini estilo 60’s  de tiro alto es ideal y está baratísimo, pero si vas a pasar tus vacaciones de turismo por Bruselas, lo más probable es que no lo necesites. No lo compres. No es una buena idea.

Huye del autoconvencimiento: sabes perfectamente que si tienes que convencerte a ti misma de que comprar esa prenda es lo correcto, lo más probable es que no lo sea. Cuando ves un fular que sabes que no necesitas, empiezas a pensar cosas como: “Tiene un color que combina con todo, así que le voy a dar mucho uso. Es una buena inversión, de esas prendas que me durarán toda la vida”. Y ya, si esto no funciona, sacas la artillería pesada con: “Madrugo un montón todos los días para ir a trabajar, ¡me lo merezco!”, “Ayer discutí con mi novio/hermano/amiga y necesito que se me pase el disgusto” o “Yo esto lo hago por la economía, para que superemos la crisis” (ésta última excusa es sólo propia de mentes muy enfermas). Cuando estés en una tienda y alguno de estos pensamientos se cruce por tu mente, sal corriendo de allí y ¡no compres bajo ningún concepto!

Sé fiel a tu estilo: que un crop top esté al 70% o que haya dos por uno en petos vaqueros no significa que tengas que comprarlo. Si esas prendas no van contigo, pasa de largo, no son para ti. En definitiva, sé selectiva y no compres por comprar.

¿Cómo compráis en rebajas? ¿Sois prudentes o se os suele ir de las manos?



miércoles, 27 de mayo de 2015

GUILTY PLEASURES

Hace algunos meses leí en 'Manual de un buen vividor' un post sobre los guilty pleasures, esos placeres ocultos que todos tenemos y que guardamos bajo siete llaves por miedo a dejar de ser considerados personas sin trastornos mentales.  Me encantó toparme con algo así y darme cuenta de que no soy la única persona, tal y como yo creía, a la que 'La mayonesa' le parece un temazo (y así, sin avisar, ya os he soltado mi primer guilty pleasure). Y es que quién no ha tenido un hobbie tan absurdo que jamás confesaría ni a punta de pistola y descubrir después uno de esos grupos de Facebook  llamados 'Yo también…' con miles de seguidores que comparten contigo esa ridícula afición que guardas en secreto.


Me apetece divertirme un rato riéndome de mí misma, así que aprovechando que aquí nadie me pone cara y que me escondo tras el nombre ‘Siempre nos quedarán los jeans’, y por tanto podré conservar mi domicilio y no verme obligada a mudarme de país debido a esta especie de confesión, ahí va una lista con mis placeres ocultos.

Cuando son las cuatro de la mañana de un sábado, estoy en una discoteca, las fuerzas empiezan a flaquear y  comienzo a pensar en lo suave que es mi almohada, me pones 'La danza Kuduro' y me arreglas la noche. Una vez, en una discoteca de Bath, en el momento en el que el ánimo ya empezaba a decaer, sonaron las primeras notas de esta obra maestra, y por ende mi dolor de pies desapareció al mismo tiempo que yo recuperaba mis ganas de vivir. Mientras estaba allí dándolo todo, pensaba en lo raro que era que una canción así sonara en una discoteca inglesa. Más tarde me enteré que había sido una amiga mía quién le había pedido al dj la canción, después de que yo dijera, así de pasada, unas cinco o seis veces “Pues ponían poner La danza Kuduro”. Los ingleses debían de flipar, porque mucho The Beatles y Rod Stewart, pero ya era hora de que conocieran lo que es música de la buena. Como veis, mi fiebre por 'La danza Kuduro' no sólo se limita al territorio nacional, sino que traspasa fronteras.

Aquí os dejo el vídeo de la canción en cuestión. Poesía para vuestros oídos. No hace falta que me deis las gracias, yo soy de hacer el bien por la gente de manera desinteresada.


Por Dios. Después de ver esto acabo de darme cuenta de que si la canción por si sola es todo un sacrilegio, acompañada del vídeo ya es una auténtica aberración.

En fin, qué puedo decir. Si después de esto todavía piensas que sigo siendo una persona digna de ser saludada por la calle, prosigamos pues arruinando mi reputación, porque aquí hemos venido a jugar.

Ahora voy a cerrar los ojos con fuerza y a decir lo más rápidamente posible que… meencantadormirconcalcetines. Ya está. Ya lo he dicho, y tampoco ha sido para tanto. Sé que la gente se echa las manos a la cabeza escandalizada cuando digo esto (cosa que no me explico), pero no puedo evitarlo, si entre los meses de octubre y abril no duermo con calcetines, ya puedo echarme mantas encima, que no entro en calor.


Leí el libro que Jorge Javier Vázquez escribió sobre él mismo, ‘La vida iba en serio’, y lo peor de todo es que me gustó. Cuando este tema sale en alguna conversación, yo siempre suelto una excusa muy buena que me he aprendido para limpiar un poco mi imagen, y es que, me encantan las historias de la gente a la que no le gusta su vida, y tiene el valor de cambiarla. En serio, leed el libro, tampoco está tan mal, te recuerda que sólo tú eres dueño de tu destino, y además descubres algún que otro detalle escabrosillo sobre el autor. Porque cotillear, en su justa medida, las vidas ajenas, es un guilty pleasure de manual.


En invierno, algunas veces, utilizo pijamas de franela con dibujitos. Aquí la excusa viene en forma de pregunta ¿Por qué lo más feo y ridículo es, casi siempre, lo más cómodo y calentito? No tengo nada más que añadir, Señoría.

Todas llevamos una Bridget Jones dentro

Colecciono imanes de nevera. Para mí éstos son sinónimo de hogar. Una casa sin imanes de nevera, es una casa fría e impersonal. Lo siento, pero no lo puedo evitar, a mí una nevera desnuda es algo que me sobrecoge el alma. Además, mis imanes no son unos imanes corrientes, sino que cada uno pertenece a una ciudad que he visitado. Así que, cada vez que me voy de vacaciones, entre mi planning siempre incluyo pasar una tarde de compras por la ciudad de turno buscando el imán ideal. Podéis reíros si queréis, pero no sabéis lo orgullosa que estoy yo de mi nevera tuneada.


Cuando veo en alguna película un actor que me gusta, y que hasta ese momento desconocía, inicio entonces una investigación a través de internet propia de la CIA para enterarme de todo lo relacionado con el sujeto en cuestión. Y cuando digo todo, quiero decir todo: ¿Cuántos años tiene? ¿De dónde es? ¿Tiene novia? ¿En qué otras pelis ha trabajado? ¿Cómo le gusta tomar el café? ¿Es más de playa o montaña? ¿Es alérgico a algún medicamento? ¿La última declaración de la renta le salió a pagar o a devolver? Cotilleo puro y duro lo llaman algunos, pero a mí me gusta decir que simplemente me preocupo por estar bien informada. No veo nada de esquizofrénico en ello. A veces se me olvida, pero soy licenciada en periodismo, y quieras que no, lo llevo en la sangre.


Odio hacer deporte, pero hace ya bastantes años descubrí una manera de ponerme en forma (todo lo en forma que yo puedo estar, claro) con la que no sufro y me divierto: bailar Batuka. El ritual siempre es el mismo: quitarle el polvo a aquel DVD de “Aprende a bailar Batuka” que compré allá por el año 2006 y que suele estar enterrado bajo las cintas VHS que regalaba Telepizza en los noventa o detrás de los vídeos de las comuniones de mis primos, convertir el salón en una especie de pista de baile retirando la mesa por un lado y el sofá por el otro, e imitar los movimientos de esos señores que aparecen en la tele vestidos con los colores corporativos de la Batuka, que como todo el mundo sabe son el amarillo y el negro. Habrá métodos más efectivos y modernos y también menos irrisorios, pero yo soy una persona tradicional y fiel, y si a mí la Batuka me funciona, pues con ella hasta la muerte.


Pasamos ahora al terreno culinario. Todos hemos sufrido alguna vez esas interminables tardes en las que no tienes nada que hacer y al final acabas haciendo algo superalocado y salvaje como ver 'Sálvame' o 'El Diario de Patricia' mientras saqueas la nevera, decorada con imanes preferiblemente.

Aclaración: Sí, ya sé el Diario de Patricia fue cancelado hace tiempo -una de las pocas cosas sensatas que se han hecho en este país en los últimos años, pero que por otro lado supuso una gran pérdida, porque a ver de dónde sacamos nosotros ahora personajes tan insólitos, que ayudan a animar cualquier reunión de amigos, como aquella muchacha que le dijo a su novio que se había quedado embarazada al ponerse una inyección- pero echémosle un poco de imaginación y retrotraigámonos al año 2008.

Cuando me encuentro en esa situación no tengo filtro alguno, gastronómicamente hablando. Las mezclas son mi especialidad, y tan pronto me como unas galletas de coco seguidas de pepinillos en vinagre como me hincho a caramelos  después de haber dejado tiritando una bolsa de cacahuetes. Siempre me he sentido atraída por la cocina creativa y me gusta poner a prueba mi estómago. Además, una persona que tiene en su posesión el DVD 'Aprende a bailar Batuka', no se deja intimidar  por esos kilos de más que supone comer semejantes guarradas. Como veis, lo tengo todo controlado.


Siempre he sido consciente de que mis gustos en cuestión de cine dejan bastante que desear. A día de hoy sigo viendo las películas que me acompañaron durante la adolescencia como ‘Una rubia muy legal’ o ‘La cosa más dulce’, y no me pierdo una sola comedia romántica. Además, tampoco pasa nada si tengo que tragarme algún telefilm de esos que ponen en Antena 3 los sábados por la tarde. Me parecen superentretenidos y el que diga lo contrario miente porque ¿quién puede resistirse a una película en la que una mujer asesina a su vecina para quitarle el marido del cual se ha encaprichado mientras a su hija le hacen bullying en el colegio al mismo tiempo que su exmarido tiene problemas con las drogas y el alcohol?


He dejado para el final el que quizás, sea el placer oculto más común de todos, porque es difícil encontrar a alguien que no cante en la ducha. Con el sonido del agua corriendo y los oídos taponados de jabón, tu voz suena hasta bien. Es más, en ese justo momento acabas preguntándote por qué, con ese chorro de voz que Dios te ha dado,  desperdiciaste cinco años en la universidad y dónde narices estabas tú cuando se celebraban los casting de Operación Triunfo.

¿Os acordáis de aquel personaje de ‘A Roma con amor’ que en el mismo escenario del teatro cantaba ópera bajo  la ducha porque fuera de ella se sentía inseguro? Sólo Woody Allen podía ser el creador de una historia tan disparatada.


Creo que ya he llegado al límite de humillación que el ser humano puede soportar, así que ya está bien.  Hasta aquí mi lista de placeres ocultos.

¿Me contáis cuáles son los vuestros? ¿Coincidimos en alguno?


lunes, 25 de mayo de 2015

UN PASEO POR LISBOA

Tenía dieciocho años cuando conocí París. Todavía recuerdo la euforia con la que regresé de aquel viaje y esa sensación de haber visitado la ciudad más encantadora del mundo. Nada podía superar aquello. Perderte por sus calles y descubrir barrios como Montmartre o Montparnasse, observar sus incontables edificios abuhardillados, disfrutar de un buen café mientras suena La vie en rose de fondo o pasear a orillas del Sena con la torre Eiffel como testigo. 

Y de pronto, un fotograma de ‘Al final de la escapada’, con Jean-Paul Belmondo y Jean Seberg, recorre tu mente, y sientes cómo los pelos se te ponen de punta con sólo imaginar que décadas atrás aquellas avenidas fueron transitadas por auténticos genios, entre ellos Fitzgerald, Picasso, Henry Miller y hasta el mismísimo Hemingway. Y fantaseas con la idea de colarte en alguna de aquellas tertulias celebradas en el París de los años veinte en las que, con copa y puro en mano, hablaban de lo humano y lo divino. Y un suspiro se te escapa al darte cuenta de que no eres el protagonista de una película de Woody Allen.


Así, reservé para la capital francesa un sitio de honor en mi corazón. París me conquistó y yo le juré amor eterno.


“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará vayas donde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.”

París era una fiesta – Ernest Hemingway


Pero yo era joven e inexperta. Los años han pasado, y aunque todavía recuerdo con cariño a aquel novio del instituto, un día, sin más, conocí a otra persona que me pareció mucho más fascinante y me aportaba cosas nuevas, hasta entonces desconocidas para mí. París, lo siento mucho, pero lo nuestro no puede ser. Estaré encantada de volver de vez en cuando a tomarme un café contigo mientras recordamos viejos tiempos, pero mi corazón ya no te pertenece. Ahora bebe los vientos por Lisboa, esa ciudad que, como dice el fado, huele a flores y a mar.

Julio de 2014. El verano ya había sido inaugurado hacía varias semanas y yo todavía no tenía mucha idea de cuál sería el sitio elegido para pasar unos días de vacaciones. Barajando destinos, recordé lo mucho que me llamaron la atención los planos de Lisboa mostrados en ‘El tiempo entre costuras’, esa serie a la que media España estuvo enganchada meses atrás. Tiempo no tenía demasiado, así que tampoco le di muchas vueltas a la idea. En poco más de media hora había comprado los billetes de avión y tenía reservada una habitación de hotel en pleno Barrio Alto. Pues a Lisboa que nos vamos.

Nada más poner un pie en ese suelo adoquinado algo resbaladizo que tanto caracteriza sus calles, lo que más llamó mi atención fue el aire decadente casi mágico que desprende la ciudad. Sin duda, éste es un buen lugar para los amantes de lo vintage, y es que viajar a Lisboa es como viajar en el tiempo. Sus edificios antiguos, sus calles estrechas y empinadas y esos funiculares y tranvías que las recorren mientras son inmortalizados por cientos de turistas con sus cámaras de fotos, logran que olvides por un momento la arquitectura moderna, plagada de espectaculares rascacielos y autopistas infinitas.


Allí, vayas donde vayas, tus pasos siempre irán acompañados de banda sonora, porque son muchos los músicos que despliegan todo su arte en plena calle, acentuando ese característico ambiente bohemio que allí se respira. Y es justamente esto lo mejor de Lisboa, aquello que no puede sacarse en una foto. Su olor, su ambiente, su melodía y la sensación que esa mezcla te produce mientras estás allí, como si fueras un lisboeta más. Porque ese es otro de los atractivos con los que cuenta la capital portuguesa: es una ciudad familiar, acogedora y pequeña, y sin embargo, ideal para perderse.

Así que perdámonos un poco.

Uno de los emblemas de la ciudad, como ocurre en muchas otras, es su catedral, de estilo románico y comúnmente conocida como la Sé de Lisboa. Se encuentra en el barrio de Alfama, callejeando por el cual descubrirás el Castillo de San Jorge, situado en una colina coronando la ciudad y ofreciendo una de las mejores vistas de la misma.


La Baixa Pombalina es el barrio más céntrico y en él se encuentra el elevador de Santa Justa construido en 1902 y que une la Baixa con Chiado. Si decides vencer tu vértigo y subir sus 45 metros de altura, desde arriba obtendrás una buena panorámica de Lisboa, y podrás divisar plazas cercanas, como la de Restauradores o la de Rossio.


Una vez abajo y pisando tierra firme de nuevo, puedes continuar tu itinerario atravesando la Rua Augusta, la calle comercial por excelencia, para desembocar en la plaza de Comercio, la cual termina uniéndose con el Tajo.


A cinco kilómetros del centro histórico, en la desembocadura del río, se encuentra el barrio de Santa María de Belém, con su torre como emblema. Muy cerca de ésta encontramos el Monasterio de los Jerónimos y el Monumento de los Descubrimientos.


El puente 25 de abril, llamado así en honor a la Revolución de los Claveles de 1974, fue construido en los años 60 y contrasta con ese toque añejo que caracteriza al resto de la ciudad. Es el puente colgante más largo de Europa, y sus mejores vistas se obtienen desde el Cristo Rei, situado en Almada e inspirado en el de Río de Janeiro.


Y después de un intenso día de turismo, el mejor plan para la última hora de la tarde es pasear por Chiado, el barrio más bohemio y alternativo, con parada obligada en el Café a Brasileira, inaugurado en 1905. Éste fue punto de encuentro de los poetas de la época, con Fernando Pessoa entre ellos.

Éstos son sólo algunos lugares de referencia, porque Lisboa es mucho más. Lo mejor es conocer sus rincones sin un mapa en la mano. Piérdete y descubre la ciudad a tu ritmo, y te aseguro que cuando lo hagas te preguntarás: “Lisboa ¿Cómo he podido vivir tantos años sin conocerte?”.


¿Habéis visitado la ciudad? ¿Cuál otra os ha enamorado tanto como a mí Lisboa?